La primera vez
Habíamos hablado muy poco por Badoo y sin pensarlo mucho decidimos vernos. El vivía a 100 kms. pero tenía auto y podía venir ese viernes por la tarde. Algo me atraía de sus fotos pero también me hacía dudar. No sabría como sería ese encuentro y si duraría más que una noche.
Al atardecer lo vi bajarse del auto en el estacionamiento, de pantalón corto y de buena figura. Nos llamamos, le indiqué como llegar a mi departamento y ahí lo tenía frente a mi, de barba incipiente, pelo largo, piernas peludas, manos delgadas y un color trigueño en su piel que me atrajo de inmediato. Lo hice pasar y estuvimos un rato en el living compartiendo una cerveza, ambos esperando el siguiente paso. Yo dudaba pero me encanto demasiado y me atreví a tomarlo y darle un beso que respondió con ternura. Adiviné su dureza contra mi pierna y le dije bajito "vamos arriba" a lo que respondió tímidamente Si.
Lo invité a tirarse en la cama y comencé un masaje en su cara y cuello, para sacarle luego sus zapatillas adolescentes. Un olor suave emanaba de sus pies lo que él me advirtió. Le dije que no importaba. En verdad ese olorcito me había excitado más aún de lo que podía estar. Le saqué sus calcetas y seguí con mis caricias en sus pies, las que terminaron en un beso en sus dedos y un leve mordisquito en sus costados al que respondió con un quejido. Luego vino el turno de su cuello y brazos. Desabotoné su camisa para encontrarme con un pecho lampiño, con unas tetitas apenas sobresalientes en su delgado cuerpo, las que acaricié con dedicación, con mis manos, mis dedos y mis labios. Acaricié sus brazos hasta llegar a sus manos donde besé suavemente cada dedito. El solo se dejaba hacer, suspirando a cada beso y cada caricia. Volví a sus piernas y fui subiendo hasta sus muslos, que también conocieron mis besos y suaves mordisquitos. Subí luego a su guatita, besando y acariciando. Una corrida de pelitos bajaban desde su ombligo por el camino hacia la felicidad. Desabroché su cinturón y levantó sus piernas para que ese pantalón corto desapareciera a los pies de la cama. Le pedí darse de vuelta y comencé a masajear su cuello y espalda, y brazos, para después subir por sus piernas hasta sus muslos nuevamente pero esta vez desde atrás. Abracé sus redondas nalgas, metí mis manos debajo de sus caderas y tiré del boxer, él respondió levantando ese culito hermoso y durito lo que ayudó a dejarlo desnudo. Masajeé sus gluteos y metí mi mano en esa ranura peludita. El solo se dejaba hacer. Desde atrás miraba entre sus piernas sus coquitos, duros y me preguntaba por su pene. Besé sus glúteos y le indiqué que se volviera. Su pene erecto a más no poder mostraba su dureza coronada por un glande rosado oscuro que ya emanaba un fluido lubricador. Besé sus coquitos, tenía el pelo recortado alrededor del pene, subí por su tronco hasta llegar a su cabecita, toqué con mi lengua ese manjar salado que brotaba de su pene y lo chupé como nunca había chupado. Duro, del tamaño justo para entrar por completo en mi boca. Sus manos apenas rozaban mi cabeza no atreviéndose a presionar. Se dejaba hacer mientras gemía manifestando el placer que mi mamada le provocaba. Estuvimos largo rato así hasta que decidí sacarme la poca ropa que me iba quedando y desnudo me tiré a su lado ofreciéndole mi cuerpo para que hiciera lo que sabía quería hacer. No lo pensó dos veces y se acostó sobre mi con su dureza intentando entrar en mi ano. Acariciaba con ternura mis hombros y mi pecho, cubriendo todo mi cuerpo, abrazándome con sus piernas gruesas y peludas, haciendo fuerza con sus pies sobre mis pies. Pongámonos de lado le dije, así es más fácil, al menos en esta primera vez. Me giré y sentí como se apegaba en cucharita buscando en sus embestidas mi orificio, el que encontró causándome una sensación de placer que no puedo describir. Fue entrando gradualmente con ternura y firmeza hasta que inició su vaivén mientras gemía en mis oídos. Sentí como se tensaba y adiviné su eyaculación. Su gemido se transformó en un grito, sus manos se crisparon en uno de mis hombros y mi cintura, y sus pies se agitaron incontrolables. Su orgasmo se traspasó a mi cuerpo y ambos agotados caímos abrazados y felices.
Todo se repitió una y otra vez esa noche. Al otro día no partió. Nos levantamos solo para comer y tomar algo hasta que después de haber hecho el amor nueves veces, porque eso fue lo que sucedió, debió ducharse y vestirse para volver a su ciudad el domingo por la tarde.
Nos costó desprendernos de ese beso de despedida. Prometimos vernos en quince días más. No fue así. A la semana lo vi llegar nuevamente con su andar juvenil, con la seguridad de sus 23 años, trayendo a mi vida una felicidad que a mis 65 años creí que ya no podría conocer. Fue la primera vez, fue el inicio de una experiencia hermosa, de un presente que no mira al futuro sino al momento actual, en que nos seguimos amando como esa primera vez, con la fuerza juvenil y la ternura adulta que se mezclan para ser uno solo en esta relación que ya ha pasado los dos años.
Al atardecer lo vi bajarse del auto en el estacionamiento, de pantalón corto y de buena figura. Nos llamamos, le indiqué como llegar a mi departamento y ahí lo tenía frente a mi, de barba incipiente, pelo largo, piernas peludas, manos delgadas y un color trigueño en su piel que me atrajo de inmediato. Lo hice pasar y estuvimos un rato en el living compartiendo una cerveza, ambos esperando el siguiente paso. Yo dudaba pero me encanto demasiado y me atreví a tomarlo y darle un beso que respondió con ternura. Adiviné su dureza contra mi pierna y le dije bajito "vamos arriba" a lo que respondió tímidamente Si.
Lo invité a tirarse en la cama y comencé un masaje en su cara y cuello, para sacarle luego sus zapatillas adolescentes. Un olor suave emanaba de sus pies lo que él me advirtió. Le dije que no importaba. En verdad ese olorcito me había excitado más aún de lo que podía estar. Le saqué sus calcetas y seguí con mis caricias en sus pies, las que terminaron en un beso en sus dedos y un leve mordisquito en sus costados al que respondió con un quejido. Luego vino el turno de su cuello y brazos. Desabotoné su camisa para encontrarme con un pecho lampiño, con unas tetitas apenas sobresalientes en su delgado cuerpo, las que acaricié con dedicación, con mis manos, mis dedos y mis labios. Acaricié sus brazos hasta llegar a sus manos donde besé suavemente cada dedito. El solo se dejaba hacer, suspirando a cada beso y cada caricia. Volví a sus piernas y fui subiendo hasta sus muslos, que también conocieron mis besos y suaves mordisquitos. Subí luego a su guatita, besando y acariciando. Una corrida de pelitos bajaban desde su ombligo por el camino hacia la felicidad. Desabroché su cinturón y levantó sus piernas para que ese pantalón corto desapareciera a los pies de la cama. Le pedí darse de vuelta y comencé a masajear su cuello y espalda, y brazos, para después subir por sus piernas hasta sus muslos nuevamente pero esta vez desde atrás. Abracé sus redondas nalgas, metí mis manos debajo de sus caderas y tiré del boxer, él respondió levantando ese culito hermoso y durito lo que ayudó a dejarlo desnudo. Masajeé sus gluteos y metí mi mano en esa ranura peludita. El solo se dejaba hacer. Desde atrás miraba entre sus piernas sus coquitos, duros y me preguntaba por su pene. Besé sus glúteos y le indiqué que se volviera. Su pene erecto a más no poder mostraba su dureza coronada por un glande rosado oscuro que ya emanaba un fluido lubricador. Besé sus coquitos, tenía el pelo recortado alrededor del pene, subí por su tronco hasta llegar a su cabecita, toqué con mi lengua ese manjar salado que brotaba de su pene y lo chupé como nunca había chupado. Duro, del tamaño justo para entrar por completo en mi boca. Sus manos apenas rozaban mi cabeza no atreviéndose a presionar. Se dejaba hacer mientras gemía manifestando el placer que mi mamada le provocaba. Estuvimos largo rato así hasta que decidí sacarme la poca ropa que me iba quedando y desnudo me tiré a su lado ofreciéndole mi cuerpo para que hiciera lo que sabía quería hacer. No lo pensó dos veces y se acostó sobre mi con su dureza intentando entrar en mi ano. Acariciaba con ternura mis hombros y mi pecho, cubriendo todo mi cuerpo, abrazándome con sus piernas gruesas y peludas, haciendo fuerza con sus pies sobre mis pies. Pongámonos de lado le dije, así es más fácil, al menos en esta primera vez. Me giré y sentí como se apegaba en cucharita buscando en sus embestidas mi orificio, el que encontró causándome una sensación de placer que no puedo describir. Fue entrando gradualmente con ternura y firmeza hasta que inició su vaivén mientras gemía en mis oídos. Sentí como se tensaba y adiviné su eyaculación. Su gemido se transformó en un grito, sus manos se crisparon en uno de mis hombros y mi cintura, y sus pies se agitaron incontrolables. Su orgasmo se traspasó a mi cuerpo y ambos agotados caímos abrazados y felices.
Todo se repitió una y otra vez esa noche. Al otro día no partió. Nos levantamos solo para comer y tomar algo hasta que después de haber hecho el amor nueves veces, porque eso fue lo que sucedió, debió ducharse y vestirse para volver a su ciudad el domingo por la tarde.
Nos costó desprendernos de ese beso de despedida. Prometimos vernos en quince días más. No fue así. A la semana lo vi llegar nuevamente con su andar juvenil, con la seguridad de sus 23 años, trayendo a mi vida una felicidad que a mis 65 años creí que ya no podría conocer. Fue la primera vez, fue el inicio de una experiencia hermosa, de un presente que no mira al futuro sino al momento actual, en que nos seguimos amando como esa primera vez, con la fuerza juvenil y la ternura adulta que se mezclan para ser uno solo en esta relación que ya ha pasado los dos años.
6 years ago